|

Llevamos ya unos años atendiendo quejas, opiniones, sugerencias, preguntas y comentarios que los vecinos enviais por correo a este web. Ahora es diferente, hemos empezado a recibir trabajos literarios y para ellos abrimos este nuevo espacio. Quiere ser una pequeña plataforma sobre la que ofrecer a todos los Vecinos de Galapagar la oportunidad de publicar sus escritos, ensayos o reportajes sobre los temas que sean de vuestro interés y que considereis apropiados para ser expuestos al público en este VUESTRO WEB.
Esta página pretende ser un muelle de carga abierto a todas las colaboraciones literarias, gráficas o multimedia que querais proponer, intentaremos dar cabida y rápida salida a todo lo que querais enviar. Para enviar vuestros escritos o trabajos podeis utilizar la dirección de email encontacto@plataformagalapagar.com
A continuación podeis leer el primer trabajo, trabajo que por su calidad ha dado lugar a esta sección. Muchas Gracias por el trabajo y por su iniciativa a Vicente Martínez.
El Gran Ballet de los Espacios
Nit del foc sobre el Mediterráneo. Se levanta el telón y comienza el tradicional espectáculo pirotécnico de luz y de sonido. En el programa, solamente una obra: la danza de los fuegos de artificio con ritmos de vals y música de Haendel para la coronación de Jorge II. Una retrospectiva miniaturizada del nacimiento del Universo, hace tres mil millones de años, en ningún lugar del mismo, simplemente porque el espacio no existía entonces. Ni tampoco el entonces.
Con la Gran Explosión de los cosmólogos se constituye la más fantasmagórica compañía de ballet jamás humanamente concebida. Energía y materia fundieron sus cuerpos en el más sensual tango porteño, cuyos compases no han cesado de sonar hasta nuestros días. Ni cesarán hasta el final de los tiempos, si hay final en ellos.
El rey Rodolfo: “Según las palabras de mi sabio Kepler (…) los mundos muestran sus caminos y los astros invitan a la Danza”.(La Harmonía del Mundo, de Hindemith)
Haydn la aprisionó entre las rejas de un simple preludio de siete días, de acuerdo con el mítico relato genesíaco. Para Milhaud, en cambio, el Cosmos nace atemporal y aespacialmente libre, a ritmo de jazz y timbres de saxo en su ballet “La Creación del Mundo”.

A partir de ese momento todos los objetos del Universo evolucionan acompasadamente una y otra vez en el escenario sin límites de los espacios siderales, como si de una “troupe” de derviches a punto de trance, se tratase. Un fantasmagórico ballet cósmico, compuesto para unos por la propia Naturaleza, para otros por una Causa Primera y, para los más, de autor Anónimo. En cualquier caso, un espectáculo de magnitudes cosmológicas en el que protagonistas, figurantes y melodía evolucionan eternamente en el decorado de un teatro sin palcos ni patio de butacas. Porque allí todo es escena. Ni tan siquiera tienen cabida en él, el tiempo y el espacio.
La evolución simbiótica, como hoy propugna Linn Margulis, será luego el director de escena encargado del desarrollo musical y escenográfico del drama. Un infinito Bolero de Ravel, en palabras de un astrofísico melómano, cuya bellísima y sugestiva imagen no me resisto a transcribir. “Comienza suavemente”, dice, “con los organismos celulares, continuando con una larga serie de variaciones casi imperceptibles sobre un mismo tema que no cesa de volver una y otra vez. El tempo se acelera, a medida que el tiempo pasa, y la explosión de formas de vida en el período cámbrico es semejante a la variedad de los instrumentos que hacen progresivamente su entrada en la partitura de Ravel. Pero la unidad de la vida está siempre presente, como el tema que subyace en el Bolero que se hace oír constantemente. Hasta el crescendo y la apoteosis, donde todos los instrumentos tocan acordes en un torbellino de notas, como el milagro del pensamiento y de la consciencia” (Trink Xuan).
Si pudiéramos observar simultáneamente todos los movimientos de ese Gran Ballet –la infinitud del tiempo y del espacio nos lo impiden- los veríamos superpuestos como en una gigantesca matriusca, fluctuando en lumínicas y sonoras oscilaciones unos en el interior de otros.
En primer lugar, la coreografía galáctica que, en ocasiones, actúan en pequeños –a veces inmensos- grupos de baile, como el “sexteto” Seyfert, en el que cuatro de sus galaxias ejecutan una compleja danza cuyo compás dura millones de años. La Vía Láctea y Andrómeda orbitan una alrededor de la otra, aproximándose peligrosamente en un excitante paso a dos, a 90 kilómetros por segundo. Ambas, junto con su Grupo Local, se desplazan a su vez a 620 en la dirección de las constelaciones de Hidra y de Centauro.
El espectáculo se repite dentro de cada Galaxia. Nuestro sistema solar en su conjunto, por ejemplo, marca un vals que tarda unos doscientos millones de años hasta completar una vuelta en torno al centro de La Vía Láctea. Y esto, a la modesta velocidad de 220 Km/s.
Y en el interior del mismo, los números de baile y la polifonía también se repiten. Aquí el Gran Ballet se nos muestra parcialmente visible, pudiéndole contemplar entonces desde la butaca de los sentidos. En ocasiones, a simple vista. Otras veces –también como en el teatro- valiéndonos de la técnica de potentes instrumentos ópticos. Los actores nos son más conocidos: la estrella Sol y su brillante cortejo de satélites y planetas.
Aunque tengamos la engañosa impresión de permanecer inmóviles en el espacio, evolucionamos sobre una Tierra que participa en ese fantástico ballet trasladándose a una velocidad de 30 Km/s en su periplo anual alrededor del sol, y a más de 28 de rotación en el ecuador. Los restantes planetas lo hace cada uno con sus particulares ritmos y cadencias.
En cuanto a los satélites que integran sus séquitos, nos pueden sorprender, como en un Impromptu de Chopin, las siempre precisas evoluciones de Calisto y Europa en los alrededores de Júpiter, o de Titán y Mimas entre los majestuosos anillos de Saturno.
Finalmente no faltan en este celestial Castillo de Elsinore los fantasmas de Hamlet. Su danza se consideró macabra en otros tiempos, causando verdadero pavor entre los temerosos terrícolas: son los cometas. El más conocido, Halley, nos visitó hace un par de décadas.
El festival se manifiesta igualmente brillante en el microcosmos del complejo mundo cuántico. Los electrones, en lugar de sujetarse a una órbita rígidamente definida en torno al núcleo atómico, como la Tierra alrededor del sol, pueden escamotearse, hacer piruetas y estar en todos los sitios a la vez en la gran sala de baile del átomo.
En definitiva, una Sinfonía Inacabada que todos podemos disfrutar, y a la que nadie se atreverá jamás a poner punto final.
Vicente Martínez
Imágenes aportadas por el autor del artículo.
|